Cindy está casada

Cindy y yo tenemos la misma edad. Fue la primera de las dos en recibir la bicicleta de Barbie® que pedimos de cumpleaños porque su santo era primero que el mío. Varias veces escuché a mi mamá celar a mi papá con la mamá de Cindy, lo que se intensificó cuando sus padres se separaron.

Esta mañana busqué sus crespos en internet y supe que se había graduado hace un año igual que yo. Este año se casó. No sé qué le gustará comer, ni qué estudió, ni siquiera si es feliz, pero me gustaría volver a hablar con ella y saber que fue de su vida en todos estos años.

Anoche soñé con su padre, Raúl, tal vez porque en estos días, después de ver a una mujer que aparentaba normalidad y de aspecto pulcro oliendo pegante en el calle, mi padre me contó que alguna vez su amigo, el padre de Cindy, fue encontrado por su esposa olfateando un frasco de dicha sustancia. Luego me contó que su matrimonio había terminado porque ella lo había encontrado acostado con la hermana apenas mayor de edad. Parece que mi inconsciente fue afectado a tal grado de soñar que me perseguía, seguro porque mi padre también me contó que hace unos años cuando se reencontraron con Raúl e intentaron hacer negocios, mi papá no había querido seguir adelante porque había visto como él se interesaba en su novia, y conocía desde mucho antes que no escatimaba en recursos hasta conquistar a una mujer y llevarla a la cama. Una vez se acostaba con ellas perdia todo interés.

Parece que un hombre infiel no es garantía de mal padre, y tampoco quiere decir que sus hijas busquen un hombre igual. Cindy se ve feliz en sus fotos matrimoniales, no se si porque creció lejos de su padre, pues él formó otra familia en Bogotá mientras ella y su madre hacían sus vidas en Cali. No sé si se casó porque aún crea en el matrimonio, o porque ahora es evangélica, o porque considere que ese es el derecho de las cosas. No tengo idea.

Cindy se casó, e igual que la bicicleta lo hizo primero que yo. Cindy hace parte de la extensa lista de personas cercanas en mi infancia y adolescencia que ya están casadas y en fotos como todo el mundo, se ven felices. A veces me antojo de la bicicleta de Cindy, pero me pregunto si estar casado les será prenda de fidelidad; el tiempo pasa por mí y saberlo se agota.

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Las mudanzas ( Parte I)

Desde que llegué al mundo me he mudado de un lugar a otro. En relación a mis 26 años, son pocos los años que hemos tenido un lugar estable en mi familia. Nací un 1 de Marzo del año 1992. De ocho meses, saqué un pie por entre las piernas de mi madre, como deseando bajarme de su vientre a ayudar con la mudanza. Mi padre y mi madre cambiaban una casona amplia en el barrio “la soledad” por un pequeño apartamento de dos habitaciones en “Bochica”. De ahí tengo mi primer recuerdo en imagen y sonido en la vida, un de móvil pendiendo sobre la cuna, con animales danzando al ritmo repetitivo de la música que sonaba al darle cuerda. También forjé mis miedos, de ahí que recuerde una pesadilla en la que rodaba por un tobogán hacia algún lugar al interior de una pared y luego encontraba un hombre dando órdenes a varios otros que controlaban pantallas de televisión en un tablero, como si produjeran un programa pinchando múltiples cámaras y pantallas. Sentí miedo y considero que ahí ya tenía nociones de las creencias en las que me criaron, cristianismo, cielo, infierno, obediencia y pecado. Mi mamá siempre ponía la mesa de planchar atravesando la entrada a la cocina para que yo no estuviera cerca del fogón, quedando una especie de ventanilla que nos permitía jugar a “la señora villas”, haciendo alusión al banco AV Villas. No tengo recuerdos del baño, pero si de la gran ponchera en donde simulaba cocinarnos a mi hermano y a mí mientras chapuceábamos a la hora del baño.

Cuando llegó mi hermano el apartamento nos quedó pequeño, por lo que nos mudamos por segunda vez, a otro apartamento en el barrio “El polo”. De dos habitaciones dónde escasamente cabían las camas pasamos a un lugar donde había tres habitaciones, un estudio, una “habitación del servicio” y en cada una cabían mínimo dos camas. Como quedaba en un primer piso, había un patio interior dónde podíamos patinar con mi hermano y el juego de mesa escondidas se tornaba eterno. Recuerdo que en el patio había una lavadora de torre, es decir, en la parte superior tenía secadora; un día jugando a las escondidas se me ocurrió que mi hermano Mateo, nunca me encontraría allí. Pasaron varios minutos y yo más interesada en que encontrara mi escondite inteligente, y no que me salvarme en el juego decidí llevarlo al patio y mostrarle dónde me había metido. Él me pidió que le mostrara cómo me había ocultado, una vez me metí a la secadora él la activó y alcancé a dar dos vueltas y ganarme un dolor de espalda algunos días.

En aquel conjunto había un parque muy amplio que se conserva hasta ahora. Mi madre solo nos permitía salir a montar en bicicleta en una vereda rectangular frente al apartamento, pero rápidamente nos aburríamos y emprendíamos carreras al otro extremo del conjunto dónde estaba la rotonda, la arenera y el rodadero. Ahí aprendí que lo ideal para todo padre es un apartamento que dé al parque para poder vigilar a sus hijos, sino, podría enloquecer al no verlos. Subíamos a comer los duraznos del árbol de enfrente, levantábamos piedras para ver huir lombrices y marranitos, íbamos a la tienda que atravesaba uno de los edificios dando a la calle y al interior del conjunto, a llenarnos de chucherias y en la tarde con el frío y la puesta de sol entrábamos de nuevo a la casa.

Recuerdo en especial lo limpia que permanecía esa casa. Tenía los tapetes más claros que haya visto en mi vida, hasta que un día se me regó un jugo de guayaba en un costado de la cortina del cuarto. Dejé que se declara y emprendí la operación limpieza con un truco que había visto en televisión. Agarre medio tarro de shampoo de cabello, agua y una cucharada de sal, tardo varias horas en quedar blanca pero mi mamá no se dió cuenta de nada. Valió la pena. Cuando llegábamos a la casa la alfombra estaba tan limpia que daba pesar entrar al apartamento con zapatos, de modo que los cambiabámos por pantuflas al llegar. Estaba tan limpia que después de llorar horas porque nos pegaban, nos quedábamos dormidos sobre ella cual cama de algodón.

Me sentía orgullosa al invitar amigas a casa porque era más grande que los apartamentos promedio. De hecho una de mis amigas, Ana María Escobar, tenía tres hermanos más y su casa solo tenía dos habitaciones, de modo que en relación a otras casas en esta podíamos correr, jugar en el pasillo y hasta acampar en casas de cobijas en el comedor.

Aunque había muchos libros creo que hubiera deseado tener más en ese momento. A cambio pintábamos mucho con mi hermano y jugábamos en roles clásicos de restaurantes, matrimonios y empresas que montábamos todos los días.

De ahí un día todo cambió de forma drástica. De tener la habitación principal pasé a un espacio muy pequeño. Un apartamento que se levantaba en un piso 11 en la Boyacá, llegando a la 170 nos acogió. Ahí la ruta nos dejaba en horarios más sensatos. Más pequeño pero nuevo, unas por otras, mis papás tuvieron baño privado y una vista bonita de la ciudad. Pronto la crisis se agudizó y pude conocer lo que era carecer de servicios públicos y colegio. Además entré a los 15 años con una profunda depresión por no estar estudiando, por no ver a mis amigos y porque en mi colegio estaban prohibidas las redes sociales, de manera que poder hablar con ellos era toda una odisea. Finalmente no volvimos a hablar mucho porque al no invertir tiempo en la vida social de mi hermano y yo de pequeños, no sé si mis papás hicieron bien y no fue tan duro alejarnos del culto al que asistíamos y su colegio, o si nos dejaron sin piso para enfrentar las dificultades.

Cuando nos fuimos de ese conjunto el apartamento quedó terrible. En el camión de mudanza no cupo mi juego de alcoba, de manera que me quedé sin nada, excepto el colchón, mi ropa y algunas cajas de materiales de colegio. Perdí una colección de revistas de moda que fueron mi escape y ensueño durante los días más duros y de dónde pude conocer patrones de diseño que me hacían preveer tendencias en el vestir. Lamenté mucho esa perdida porque concebía el diseño de modas uno de mis pocos, poquísimos talentos, y mi autoestima, ligada al sueño de ser editora de moda se derrumbó.

Hasta aquí este capítulo de mudanzas. La próxima semana publicaré los movimientos transcitadinos más fuertes y drásticos que he vivido, aquellos que me volvieron una transeúnte Bogotá en constante movimiento.

Aniversario

La gente se compromete, aprende a conmemorar fechas alegres y algunas tristes, construyen en su memoria un camino de migajas de pan como Hansel y Gretel, un camino para recorrer de ida y vuelta.

Lo irónico es que hace un año dejé de pensar en fechas, y aquí estoy, recordando un aniversario. Sabrá dios si en algún punto tanto recuerdo lo desecharé ¡Ojalá! Ojalá me hubieran enseñado a no hacer aniversarios de nada, estar más segura de la eternidad y confirmar que hace un año, no un día como hoy sino un día totalmente diferente, la vida inició una serie de lecciones dónde la más clara es que dónde no te quieren mejor salir corriendo, en silencio, de repente y sin dejar rastro.

Al fin y al cabo el recuerdo puede ser positivo o negativo, todo depende de lo que uno decida. Es obvio que nadie sobrevive sin memoria en cuanto esta constituye parte fundamental del ser, sin embargo, entre ser invisible y tener memoria selectiva prefiero la segunda opción.

Un año de comenzar a ver “El árbol de la vida” y quedar fundida. Jamás volví a tocar la película, comer helado light o dejar destendida la cama. Un año de conocerme mejor, de experimentar con quién soy, de aprender a correr lejos de quién cause dolor.

Por el poder de Susi

Lo tenía todo, casa, finca, carros y una familia que no le negaría lo que pidiera.

Estudiaba medicina en una ciudad diferente a la de origen, y aunque vivía cómodamente, mientras estudiaba su familia le enviaba lo necesario para que viviera con las mismas comodidades que en casa. Yo nunca había visto una mujer más bella que no se dedicara al modelaje, una configuración facial impecable, hija de odontóloga, tenía perlas perfectamente ubicadas en un par de labios preciosos. Se realizó dos operaciones, una de nariz y una de busto que solo aumentaron la armonía corporal con la que ya contaba. Era sencillamente divina. Asumí que era una mujer muy inteligente por estudiar medicina, cayendo en el cliché.

Hace unos días, aprovechando encontrarme en esa ciudad, pregunté a su exnovio porqué terminaron, a lo que él respondió con una historia que no podía creer. Un día ella apareció con más dinero del acostumbrado y desde ahí una serie de invitaciones a amigos a celebrar a lo grande marcaron el inicio del acabose. Las invitaciones con gasto excesivo de su parte no levantaron sospechas teniendo en cuenta que su estatus de niña bien podría estar permitiendo que convidara a trago, comida y estadía en fincas. Mientras salía de casa de sus suegros con la excusa de verse con unas amigas, dejó abierto su facebook en el computador de un amigo de su ex. Una conversación llamó la atención de ellos. Un ingeniero mayor respondía qué vestido debía ponerse para su cita, que ropa interior debía usar, en qué hotel se encontrarían y cerraba con la frase: “por el mismo valor de la vez pasada“.

Esta historia puso en perspectiva muchas cosas en mi vida. Una mujer que aparentemente no necesita cubrir gastos básicos se prostituía para invitar a otros a festejar, una mujer supremamente bella, una mujer inteligente. ¿La independencia por la que reclamamos las mujeres por altoparlante es tan difícil de obtener? o ¿sencillamente tomamos caminos más rápidos? ¿Realmente son más rápidos? ¿Eso de la vida alegre es tan alegre como lo va diciendo la gente? La historia me deja más dudas que conclusiones.

Mi vida no es ajena a ofrecimientos de todo tipo. La juventud es un valor que lejos de estar ligado a la belleza, hombres mayores consideran suficiente para prometer felicidad instantánea (en forma de regalos) o de manera permanente (me han ofrecido hasta matrimonio). Ha bastado la excusa de la compañía de una compra o la cita para un negocio, para que un hombre mayor haga una invitación a media tienda, unos zapatos de más de medio millón, y entre encuentro y encuentro ofrezca incluso, un futuro sin preocupaciones en todo ámbito, social, económico o personal. Parece ser que la edad les permite tener claridad para saber qué quieren y así hablar de querer una relación seria, a mediano plazo un matrimonio e hijos. Las mujeres nos preguntamos si en un jodido mundo tan desequilibrado vale la pena estar en pareja por amor o estar en pareja por resolver necesidades. Me he encontrado en un café con hombres que han ofrecido una tarjeta de crédito regalada y pagar mi arriendo solo con la condición de vernos de vez en cuando y no pasar de algunos besos, la cláusula solo pide ser querido. Siempre he pensado que a todas las mujeres jóvenes nos pasa esto aunque sea una vez en la vida y hay que ser muy fuerte, tener convicciones claras y estar seguras de nuestros valores, de quién somos, de qué queremos en la vida, para no ir a caer en esto. El poder de Susi es el que ella quizá no tuvo, pero que podemos construir con otras mujeres, nuestro propio poder, un poder que nos permita estar con alguien por amor y no por dinero.

Después de tantas preguntas solo me queda confiar en que el amor es más importante que el dinero, pues el dinero se consigue, “está ahí, solo hay que salir a buscarlo” dice mi abuela, pero el amor, el amor no se encuentra en todos lados.

La torta negra

Llamó media mañana del sábado, a todo volumen en la llamada intentaba hacerse entender a pesar del ruido que ambientaba las calles de Medellín.

Martha, nombre que cambié antes de contar los hechos a continuación, es una mujer de casi cuarenta años que conocí en un domicilio de manicura y pedicura en la casa de la abuela. Es una morena de 1,65, sonrisa amplia, cabello noche y musculatura delgada, de esas que tienen los descendientes de los afro y que envidiamos las blancuchas mestizas.

Siempre llegaba a contar con quien estaba saliendo en el momento, hombres que conocía en reconocidas peluquerías de la capital donde laboraba y que cada cierto tiempo cambiaba.

Nunca había conocido a una mujer como ella, pragmática, no pretendía cambiar el mundo. Para ella funcionaba, el sexo a cambio de viajes o cualquier extra que en una vida sencilla sonara como un lujo, como ir a comer a un restaurante.

Tiene una hermana que vive en China y se hace cargo de una hija que le dió en adopción. Lleva años buscando a su hija, pero lo cierto es que una vez la dió en adopción, perdió cualquier derecho a reclamar sobre la hija. Tiene otro hijo en Medellín, un adolescente rebelde que no le hace caso en casi nada y con el que prefiere no hablar para no tener un disgusto.

Llamó el sábado a preguntar de dónde es la torta negra que le gusta a mi tía para traer una de regalo. Nos contó que estaba comprando una casa y que ahora está con un árabe que conoció en una de las peluquerías de Salitre en las que trabajó. Pasó vacaciones en Emiratos y envió fotos. El tipo es un vendedor (¿Traficante?) de armas que conoció arreglando uñas y pies.

Parece que la vida comienza a compadecerse de los múltiples abusos que soportó en su pasado, de las humillaciones y hasta le ha perdonado cargar con un muñeco. Mientras trabajaba en una peluquería, uno de sus jefes abusaba de ella, hasta que un día se cansó, lo llevó a un matorral y lo mató. Luego lo enterró con una amiga y no se supo más. Si el sexo es la moneda de cambio con la que aprendió a vivir, al menos ahora lo hace porque quiere, y no porque la obligan, dice.

Ella no busca amor, al menos no como otras personas, para ella el amor se da en forma de casas, carros y bolsos. Y cuando canta “Materialista” se ríe y dice que si alguien la quiere la debe consentir.

Hoy llevará la torta negra a la casa y nos mostrará las fotos de su casa en Medellín. A veces se es indulgente hasta con uno mismo, en la misma mesa, mi abuela (quién desconoce esta historia), mi tía y yo, comeremos torta con café con una presunta asesina, así sin más.

Botar el agua, no el bebé

Así se titula la columna de Guillermo Perry del 16 de septiembre de este año. Aquí cuestionamos algunos puntos de su opinión en relación al programa “Ser pilo paga”.

1) Que SPP les está quitando los mejores estudiantes a las universidades estatales. Falso. Las cifras muestran que más del 70 % de los estudiantes sobresalientes de estratos 1 y 2 no estaban accediendo a ninguna universidad.

Aquí no hay duda, pero no he visto la primera persona que pelee por eso. Una distracción más de la verdadera discusión.

2) Que el programa está beneficiando a muy pocos pilos del área rural y de regiones atrasadas. Cierto.”

Es verdad, pero para cubrir esa demanda tenemos una red de universidades públicas muy extensa. Además no he visto el primer estudio sobre las implicaciones del desarraigo y que de todos modos la mayoría de beneficiarios tengan que venir a estudiar a las grandes urbes. Una cosa es llevar la educación al sector rural y otra es traerse a los estudiantes.

3) Que cuesta mucho por estudiante y con esos mismos recursos se podrían beneficiar más estudiantes pobres. Aunque es cierto que el programa tiene un alto costo por estudiante beneficiado, por la simple razón de que la educación universitaria de calidad resulta costosa, si se obligara a todos los pilos a ir a la Universidad Nacional, el programa sería aún más oneroso, ya que el valor es muy superior en ella que en las privadas más reputadas. Es verdad que hay algunas universidades públicas (y privadas) con menores costos, pero de baja calidad. ¿Lo que se quiere, entonces, es obligar a los pilos de familias pobres a ir a universidades de baja calidad? ¿Se trata de beneficiar a los estudiantes o a las universidades mediocres?

No me venga con eso de que la Universidad Nacional es más costosa que una privada. Eso es una opinión personal, pero no es un dato que sirva de argumento. Y no por ser menos costosa es de menos calidad. Sería muy odioso decir que en la Nacional aprendemos con las uñas, pero lo cierto es que aunque no es el orden, entregamos una alta calidad a precios inferiores a los de las entidades privadas.

No se trata de obligarlos, se trata de fortalecer las instituciones educativas públicas.

4) Que con los recursos asignados a SPP se podría resolver el déficit de las universidades públicas. Falso, como lo mostró hace unos días Óscar Sánchez, quien fue secretario de Educación de Gustavo Petro. El presupuesto de SPP es una fracción muy pequeña de ese déficit.

Será en lo único en lo que no se descacha, pero cierto es que no le he escuchado que eso subsane el déficit, sin embargo NADA justifica que recursos públicos vaya a parar a programas que más que beneficiar estudiantes, beneficien entidades privadas. Esa es una clara señal de que se considera la educación un negocio y no un derecho.

La alternativa de siempre

Corría el año 2017 cuando me lo plateé, pensé en ser la alternativa de siempre”. Me preguntaba qué sería de mí de quedarme sola el resto de mi vida. Una de mis posibilidades era dedicarme a cultivar las amistades, ser la loca de la academia y llevar una vida en la que mis festivos y semanas santas pudiera cuidar las mascotas de mis amigos, quienes en pareja o familia saldrían de vacaciones a destinos exóticos. Proveer auxilio doméstico a todo el que lo requiriera, consolidarme como la casa de quien en angustia no tuviera donde quedarse en la cuidad de Monserrate.

Otra opción que contemplé fue tener un hogar comunitario, dedicarme a la caridad y a cuidar los críos de quienes trabajan. La soledad la contemplé fría y cercana, llena de oportunidades de tiempo de lectura. Nunca lo vi como un inconveniente, sino como un camino lleno de posibilidades para ser de otros y no mía.

De eso se trata ser “la alternativa de siempre”, de ser a quien llamas cuando tienes un problema, una necesidad o un inconveniente; de saber con quién dejar tus gatos, encomendar tus matas, dejar tus chicos mientras vas a esa obra que no te quieres perder, o pedir un sofá en caso de estar de paso por Bogotá.

Sola o acompañada, sigo siendo la alternativa de siempre para mi familia”, y es la posición perfecta para refugiarse de las angustias, olvidar la tristeza y seguir adelante a pesar de las desilusiones.

Estoy predestinada a ser “la alternativa de siempre”.

 

 

“Reflexiones desde el quehacer en el cine del sur”

Desde la época precolombina, las narrativas propias en América latina han estado presentes. Sin embargo, durante mucho tiempo estas formas de contar han estado ocultas por nubes extrajeras, permitiendo de vez en cuando asomarse por los claros de alguna película.

Pocas veces me ha impactado de manera tan contundente una manifestación epistémica del sur, una forma artística tan autóctona. Considero que el cine hecho en ecuador con las iniciativas de realización desde las zonas rurales tienen no solo un valor especial por sus formas de producción po por sus historias, sino por que impregnan todo el proceso de producción de cine, agregando un componen que corona la cadena comunicativa. Ese complemento al que me refiero, es a la producción de mensajes desde los receptores.

Este cine, hecho de manera muy intuitiva, está realzado con las herramientas al alcance de las comunidades, con historias locales con las que se identifican las audiencias, es financiado por sus protagonistas, posee un sistema de publicidad por perifoneo, y finalmente su circuito de exhibición se abre en espacios locales y populares, para que finalmente su distribución se haga por medio de copias que se conocen comúnmente como piratas.

Es así como nos encontramos un ejercicio comunicativo muy atractivo, cuya particularidad radica en que puede entenderse como un círculo, en el que los emisores son los mismos receptores. El cine, que como medio de comunicación ha sido considerado como de difícil producción, por lo que supone una infraestructura tecnológica importante toma formas de producción diferentes a las hegemónicas en este formato. Deja de ser un elemento que comunica mensajes de unos pocos, para convertirse en una herramienta comunicativa que permea las mediaciones bajo este formato, dentro de comunidades pequeñas.

Para finalizar, puntualizo en las tres principales formas de hacer cine y en la coherencia de estos ejemplos comunicativos con una construcción, donde las dinámicas comunicativas y de producción comunitarias, reflejan una forma de pensar bastante decolonial. En primer lugar está el cine comercial, donde el mercado dicta la parada y proviene de una tradición norteamericana. En segundo lugar tenemos el cine de autor, que proviene de una tradición europea. Finalmente tenemos el cine comunitario, que resulta ser muy coherente con una forma de hacer cine apartada del yo y del mercado, y que cumple una función comunicativa mucho más completa que otras iniciativas, en tanto está dispuesto por la comunidad y para la comunidad.